“El cuerpo como voz precisa del Alma”

Caminante . Blog 509

 

La curación del alma para curar el cuerpo o, lo que es lo mismo, el cuerpo como voz precisa y eficaz del alma, formaba parte del código médico y, aún más, del corpus legislativo medieval. De hecho, la secuencia reproducida como título trascribe al pie de la letra la legislación de Alfonso X “El Sabio” a propósito de la práctica médica en la Castilla medieval (siglo XIII). Se trata de un minúsculo fragmento de la Partida VII, el primer corpus legislativo peninsular. Me llama gratamente la atención que la jurisprudencia medieval atendiera a asuntos médicos en los mismos términos que se ocupaba de matrimonios, testamentos, protocolos…, es decir, que conceda a la salud la misma relevancia que a otros procesos legales (bien es cierto que la muerte, temprana en la época, exigía un ritual minuciosamente descrito en las artes bene moriendi).

 

 

Una lectura rápida de la Partida citada permite observar que queda legislado todo el proceso curativo: diagnóstico, fases de la enfermedad, etiologías de las dolencias, tratamiento y sanciones para aquellos físicos, es decir, médicos, cuyos pacientes muriesen durante la sanación.

Asombra, pues, que en la Castilla de 1252 tuviera título de ley lo que en la actualidad es privativo de las llamadas “terapias alternativas” (homeopatía, fitoterapia, acupuntura, naturismo, dietética, reiki, mindfulness, osteopatía, fisioterapia…), y era de obligado cumplimiento legal lo que hoy es visto con recelo y desconfianza.

De hecho, desde la Antigüedad  Occidental se trabaja con la idea de nuestros achaques se deben a una mala gestión de las emociones, a ciertos desequilibrios psicológicos que impiden el correcto funcionamiento del cuerpo, el medio a través del cual nos hacemos ver. Y no precisamente con la frase “Mens sana in corpore sano” de Juvenal, cuyo significado no tiene nada que ver con la traducción actual. De hecho, la máxima completa es: “Orandum est ut sit mens sāna in corpore sano”, es decir, “Conviene orar/meditar para conseguir un equilibrio entre la mente y el cuerpo”. ¿No suena esto de la meditación y de la homeostasis a yoga, pilates o mindfulness, pero en Occidente y más 2000 años antes de nuestra era?

En ocasiones el dolor emocional tiene su realización en un dolor físico, tanto o más intenso cuando mayor sea la dolencia moral. Con estas premisas, vigorizada en las últimas décadas, el griego Hipócrates y el romano Galeno dividieron a los seres humanos en cuatro tipos, cada uno de ellos vulnerable a determinados males: los coléricos (ricos en bilis), por ejemplo, aúnan, según la medicina antigua, su tendencia a ser autosuficientes y ambiciosos con la propensión a no cuidarse, a padecer problemas cardiacos y a engordar y adelgazar con facilidad. Estudios científicos no avalan hoy esta propuesta, si bien es cierto que trabajan en determinar su validez. Luego están los flemáticos (flema), tranquilos y pausados (siempre que no se hable del Peñón de Gibraltar); después los melancólicos (bilis negra), que se debaten entre el abatimiento y la depresión y, finalmente, los sanguíneos (sangre), valiente y tiernos. A esta clasificación volvió con brío y renovado interés el neuropsiquiatra alemán Ernst Kretschmer. En cualquier caso, para revertir los efectos de un desequilibrio de los humores se aconsejaban terapias tanto en Oriente como en Occidente.

Es de sobra conocido el componente oriental (budismo e hinduismo) de la meditación, el yoga o el emergente mindfulness. Sin embargo, el mindfulness moderno se enseña sin ayuda de ninguna terminología oriental. Está basado en la meditación Vipassana, una antigua técnica de meditación de la India que consiste en “tomar conciencia del momento presente”, “tomar conciencia de la realidad” con ayuda de la respiración.

No me interesa en este momento rumiar y elucubrar sobre Oriente como crisol de terapias para alma, sino sobre Occidente, en concreto del cristianismo, más aún en los Evangelios. San Mateo (Mt, 4, 1-11) y San Lucas (Lc 4, 1-13) hablan del retiro espiritual de Jesús de Nazaret en el desierto durante 40 días, durante los cuales ayunó de agua y comida. Al finalizar este periodo, se le apareció el diablo y lo tentó en tres ocasiones. Cristo venció la tentación del pecado, recubriendo su acto trascendente de un don místico que lo capacitaba para curar enfermos y resucitar muertos. En los Evangelios encontramos símbolos que se usan hoy como metáforas visuales de pensamiento: la montaña, el desierto o la laguna.

             Esta manera de concebir el encuentro con Dios como una union mística potenciada por la meditación, la iluminación o el sacrificio fue recuperada por Eckhart de Hochheim (Turingia, c. 1260 – c. 1328), un dominico alemán, conocido por su obra como teólogo y filósofo y por sus escritos que dieron forma a una especie de misticismo especulativo, que más tarde sería conocido como mística renana. La teoría mística de Eckhart toma varios temas de la espiritualidad patrística como la unión con Dios e incluso la divinización del alma, la separación del mundo, etc., pero haciéndolos partir de reflexiones de naturaleza teológico-filosófica.

Eckhart de Hochheim propone el desapego como mecanismo de trascendencia. Si Dios es pura simplicidad, el hombre debe intentar llegar o volver lo más cerca de ella, despojándose de todo lo que no sea Él mismo. A este proceso de simplificación Eckhart lo llama “desapego”, que no implica desentenderse completamente del mundo, sino tenerlo o intentar tenerlo como Dios mismo lo tiene, tener el punto de vista divino ―si cabe hablar así― sobre todo lo que no es Él, y desprenderse de cualquier voluntad propia. Llega a decir que cuando el hombre se despoja de todo, incluso del yo, experimenta la desnudez y la nada y esa nada se vuelve Dios mismo. Además del desapego, el filólogo renano propone el uso de imágenes para la expresión de lo inefable y el paso del modo hacer al modo sentir para lograr la ansiada paz interior.

En pleno siglo XXI aparecen los trabajos de Eckhart Tolle, autor de varios libros –El poder del ahora, entre los más famosos– en los cuales toma muchos elementos de su tocayo medieval, incluso el nombre. Sin embargo, su idea es distinta porque hace laico el pensamiento del místico alemán. Propone ir más allá del pensamiento y no identificarse con él porque el ego y el ruido que generan los pensamientos acaban con la homeostasis. No habla de Dios sino de conciencia pura. En esencia somos esa conciencia sin forma que está detrás de los pensamientos. No somos los pensamientos, sino el espacio desde el cual surgen los pensamientos. ¿Y qué es ese espacio? Es la conciencia misma. La conciencia que no tiene forma. Todo lo demás en la vida tiene forma. En esencia somos esa conciencia sin forma que está detrás de los pensamientos.

       Así pues, no hay que mirar solo hacia Oriente para encontrar explicación y acomodo a técnicas terapéuticas que se muestran muy eficaces en la actualidad cuando la medicina oficial deja de ser efectiva. En Occidente tenemos un poso intelectual y emocional potente, que sirve de sustento y cobijo para nuevas alternativas medicinales que no conviene desechar.

 

Ana Carmen Bueno Serrano

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